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Monólogo para dos actrices y un cerdo con gastritis
28 septiembre, 2016
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El teatro. Los espectadores. Las actrices. Sus largos cabellos. Sus impecables vestidos naranjas. Su burocracia. Sus sellos aprobando. Ansiedad. Burocracia. Requisitos. Sello. Aprobación. La aspiración a la aprobación. Sello. Requisitos. Sello. Sello. Sello. Denegado.

 

(Silencio.)

Obra: Monólogo para dos actrices y un cerdo con gastritis.
Autora y directora: Sara Pinedo.
Actúan: Viridiana Gómez “La Piña” y Dinorah Medina
Colectivo Alebrije
Teatro: El Granero, Xavier Rojas.
Septiembre, 2016

 

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En la escena de una oficina burocrática cualquiera del país, tal vez todas ellas juntas, un par de empleadas nos llevan de la risa a la ansiedad. De lo ridículo a lo sublime. Ahí, dentro del sinsentido, todo tiene sentido. Todos hemos estado ahí. De un lado del escritorio o del otro. Hoy, el escritorio está en esa división entre el escenario y las butacas. Ellas, las empleadas burócratas. Nosotros, los ciudadanos. Somos, los espectadores, testigos del trámite pero también participantes. Algunos con una rebanada de pastel en sus manos, pues coincidieron en el día de su tramite con el cumpleaños de Rosita, o Laurita, o Chonita, o Dianita, o cualquier otra de esas empleadas de la burocracia las cuales solo cobran relevancia en el ámbito del corazón burócrata de los otros burócratas si su nombre es expresado en diminutivo. Y otros, como encuestados compartiendo datos personales para ser parte del montaje que evoluciona mientras avanza.

La atmósfera no nos resulta extraña. Lo que ahí sucede frente a nosotros nos es propio. Familiar. Y aún así, se nos pinta un universo que nos resulta un tanto ajeno, como si uno se negase a creer que ha sido parte de la dinámica de la burocracia en éste país llamado México. Pero todos lo hemos sido. “Véanse en un espejo antes de juzgar…” Nos dice una de ellas. Esas sus palabras. Pero eso que no nos dice, dice: “No sean cabrones, ustedes también hacen la burocracia. Y yo, también soy una persona.” Se crea entonces, ahí, dentro de un teatro, un organismo simbiótico que semejante a la burocracia real que vivimos, solo funciona, o mal funciona, de forma tan disfuncional si ambas partes ponen de su parte. Es decir, somos lo que criticamos, y si lo criticamos lo somos.

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El espejo de la vida, en el teatro, a ratos en un monólogo a dos voces, a ratos sin cuarta pared que divida al público de la escena, nos conmueve desde dos perspectivas. La primera: la propia. Pensamos: “Pinches burócratas. Pinche sistema. Pinches empleadas. Por eso no he ido a sacar mi nueva credencial de elector. Váyanse a la chingada.” La segunda: la empática. Sentimos: “Uy, sí está muy cabrón cómo las tienen trabajando como robots. Chale, pinches sueldos de mierda que ganan. Cuántas de ellas quieren cambiar el mundo, o al menos la dinámica en la que funciona la oficina. Ese sentimiento que cada siete años aflora y que lo terminan archivando en ese mismo archivo con los miles de solicitudes rechazadas de la burocracia de la vida”.

Y así, sin sentirlo, como en la vida diaria, se nos va la obra. Rápido. Sutil. Nos reímos. Nos burlamos. No sé si de lo que pasa en escena o de nosotros mismos. La línea ya se ha desdibujado. La dirección del montaje y la propuesta dramatúrgica logran trasgredir, eliminar y mandar al diablo la división entre espectadores y actores, entre burócratas y ciudadanos. Nos ponen a archivar documentos, nos piden números de teléfono para contarle un cuento ¿sin sentido? a un extraño, nos cuelgan un cable con fotocopias del aburrido cuerpo de una de las empleadas. Y al final, nos damos cuenta que somos todos una sola cosa. Ni siquiera los “apartes” de Frank Underwood en “House of Cards” logran involucrarnos tanto en una trama que aún antes de entrar al teatro nos pertenece. Que hemos construido.

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Sus cuerpos (y también sus mentes), escalando archiveros y acicalándose para el día a día, no les pertenecen. Son del gobierno. Del estado. Y también, ¿por que no?, de nosotros. Nos pertenecen. Y si nos da la gana verlas como seres inferiores que sin importar a cuántos cerdos licenciados han tenido que soportar o a los que hayan tenido que coquetearles, pues así lo vamos a hacer. Que para eso pago mis impuestos. Por lo pronto, todo es la culpa de los demás.

Ya habrá tiempo para mirarse en un espejo.